Me encerraron para silenciarme, pero en el patio de la prisión encontré mi venganza
El rugido del patio de cemento
El aire en el patio de la prisión de Cruz del Sur siempre olía a hormigón húmedo y a desesperación. Aquella tarde gris, bajo un cielo encapotado que amenazaba tormenta, el ambiente estaba más tenso de lo habitual. Celia intentaba ahogar sus pensamientos concentrándose en el bote rítmico de un balón de baloncesto desgastado. Sus brazos, cubiertos de tatuajes que narraban batallas pasadas, se movían con una precisión casi mecánica. Pero la paz en aquel infierno dura lo que un suspiro.
A pocos metros, un murmullo de terror recorrió la valla de espino. Dolores, una reclusa corpulenta de cabello canoso y mirada despiadada, tenía a una joven interna arrinconada contra el metal frío. La víctima, una recién llegada llamada Lucía, apenas podía respirar mientras Dolores la sujetaba del cuello, exigiéndole un pago que la chica no poseía. Nadie intervenía; en ese patio, meterse en los asuntos de Dolores equivalía a firmar una sentencia de muerte.

Celia detuvo el balón en seco. No pudo soportar la injusticia. Dejando caer la pelota, caminó con paso firme y desafiante hacia el grupo. Su voz rasgó el silencio sepulcral del patio:
—¡Suéltala, zorra! —bramó Celia, con los puños apretados.
Dolores soltó a la joven lentamente y se giró, con el rostro desfigurado por la sorpresa y la rabia. Ser desafiada por una novata frente a todo el penal era algo que no podía tolerar.
—¡Estás muerta, novata! —rugió Dolores, lanzando un puñetazo salvaje directo al rostro de Celia.
Pero Celia fue más rápida. Con un movimiento ágil de esquiva, evitó el impacto, contraatacó con un golpe certero en la mandíbula de su oponente y, aprovechando el impulso, le asestó una espectacular patada giratoria en el plexo solar. El enorme cuerpo de Dolores se desplomó pesadamente sobre el suelo. Celia se inclinó sobre ella, con una frialdad glacial, y le susurró al oído:
—Fuera de mi vista, basura.
Al ponerse de pie, el patio entero la miraba en un silencio de absoluto respeto y temor.
”Celia se inclinó sobre ella, con una frialdad glacial, y le susurró al oído:—Fuera de mi vista, basura.Al ponerse de pie, el patio entero…